lunes, 28 de mayo de 2012

Benito Mussolini



(Predappio, Italia, 1883-Mezzegra, id., 1945) Político italiano. Hijo de una familia humilde, su padre era herrero y su madre maestra de escuela. Cursó estudios de magisterio, a cuyo término fue profesor durante períodos nunca demasiado largos, pues combinaba la actividad docente con continuos viajes. Pronto tuvo problemas con las autoridades, y fue expulsado de Suiza y Austria, donde había iniciado contactos con sectores próximos al movimiento irredentista.
Mussolini
En su primera afiliación política, sin embargo, se acercó al Partido Socialista, atraído por su ala más radical. Del socialismo, más que sus postulados sociales y reformadores, le sedujo su vertiente revolucionaria. En 1910 fue nombrado secretario de la federación provincial de Forli y poco después se convirtió en editor del semanario La Lotta di Classe (La lucha de clases).
La victoria del ala radical en el congreso de Reggio nell’Emilia, celebrado en 1912, le proporcionó mayor protagonismo en el seno de la formación política, que aprovechó para hacerse cargo del periódico milanés Avanti, órgano oficial del partido. Aun así, sus opiniones acerca de los enfrentamientos armados de la «semana roja» de 1914 motivaron cierta inquietud entre sus compañeros de filas, atemorizados por su radicalismo. La división entre Mussolini y el partido se acrecentó con la proclama de neutralidad del primero tras la entrada de Italia en la Primera Guerra Mundial en agosto de 1914. En noviembre del mismo año fundó el periódico Il Popolo d’Italia, de tendencia ultranacionalista, lo que le valió la expulsión del Partido Socialista.
Posteriormente, quiso capitalizar el sentimiento de insatisfacción que se apoderó de la sociedad italiana tras el fin de la contienda haciendo un llamamiento a la lucha contra los partidos de izquierdas, a los que señaló como culpables del descalabro, y para ello creó los fasci di combattimento, grupos armados de agitación que constituyeron el germen inicial del partido fascista. Consiguió ganarse el favor de los grandes propietarios y salir elegido diputado en las elecciones de mayo de 1921.

La impotencia del gobierno para hacer frente a la situación en que se encontraba el país y la disolución del Parlamento allanaron el camino para la denominada marcha sobre Roma, acontecida el 22 de octubre de 1922. Su entrada triunfal en la capital italiana, en la cual no encontró ninguna oposición, pues contó con el beneplácito del ejército y del gobierno, motivó su nombramiento de primer ministro por parte del rey Víctor Manuel III.
Gradualmente, aunque con mayor ímpetu tras el asesinato del diputado socialista Giacomo Matteotti en 1924, se erigió como único poder, aniquiló cualquier forma de oposición y acabó por transformar su gobierno en un régimen dictatorial. Apoyado por un amplio sector de la población y con la baza a su favor de un eficaz sistema propagandístico, realizó fuertes inversiones en infraestructuras y recuperó viejos proyectos expansionistas, como la conquista de Etiopía (1935) y la anexión de Albania (1939).
Mussolini y Hitler
Tras la llegada al poder de Hitler en Alemania, fue acercándose al nazismo, y tras las primeras victorias alemanas en la Segunda Guerra Mundial, que juzgó definitivas, declaró la guerra a los aliados. Sin embargo, el fracaso del ejército italiano en Grecia, Libia y África oriental, así como el avance de las tropas aliadas, motivaron su encarcelamiento por orden de Víctor Manuel III, quien impulsó un golpe de Estado y decretó el fin del fascismo (julio de 1943).
Liberado por paracaidistas alemanes (12 de septiembre de 1943), creó una república fascista en el norte de Italia (República de Salò) pero el avance aliado le obligó a emprender la huida hacia Suiza. Intentó cruzar la frontera disfrazado de oficial alemán, pero fue descubierto en Dongo por miembros de la Resistencia (27 de abril de 1945), y al día siguiente fue fusilado con su compañera Clara Petacci.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Capitalismo y socialismo: Entrevista a Friedrich August von Hayek

por Carlos Rangel

Carlos Rangel (1929-1988) fue un destacado periodista e intelectual venezolano y autor de Del buen salvaje al buen revolucionario (1976) y El tercermundismo (1986). Friedrich August von Hayek (1899-1992) fue tal vez el más grande defensor de una sociedad libre en el siglo XX. Siendo economista, erudito del derecho y filósofo, Hayek escribió Camino a la servidumbre (1943), Los fundamentos de la libertad (1959) y Derecho, legislación y libertad (1978). Esta entrevista tuvo lugar en Caracas, Venezuela, el día 17 de mayo de 1981. Fue originalmente publicada en el diario El Universal de Caracas en junio de ese mismo año y ha sido reproducida con la autorización del mismo diario. Aquí puede descargar esta entrevista en formato PDF.

Carlos Rangel: Gran parte de su labor intelectual ha consistido en una comparación crítica entre el capitalismo y el socialismo, entre el sistema basado en la propiedad privada y la economía de mercado, y el sistema basado en la estatización de los medios de producción y la planificación central. Como es bien sabido, usted ha sostenido que el primero de estos sistemas es abrumadoramente superior al segundo. ¿En qué basa usted esa posición?
Friedrich August von Hayek: Yo iría más lejos que la afirmación de una superioridad del capitalismo sobre el socialismo. Si el sistema socialista llegare a generalizarse, se descubriera que ya no sería posible dar ni una mínima subsistencia a la actual población del mundo y mucho menos a una población aun más numerosa. La productividad que distingue al sistema capitalista se debe a su capacidad de adaptación a una infinidad de variables impredecibles, y a su empleo, por vías automáticas, de un enorme volumen de información extremadamente dispersa entre millones y millones de personas (toda la sociedad), información que por lo mismo jamás estará a la disposición de planificadores. En el sistema de economía libre, esa información puede decirse que ingresa de forma continua a una especie de supercomputadora: el mercado, que allí es procesada de una manera no sólo abrumadoramente superior, como usted expresó, sino de una manera realmente incomparable con la torpeza primaria de cualquier sistema de planificación.
CR: Últimamente se ha puesto de moda entre los socialistas admitir que la abolición de la propiedad privada y de la economía de mercado en aquellos países que han adoptado el socialismo, no ha producido los resultados esperados por la teoría. Pero persisten en sostener que algún día, en alguna parte, habrá un socialismo exitoso. Exitoso políticamente, puesto que no sólo no totalitario sino generador de mayores libertades que el capitalismo; y exitoso económicamente. ¿Qué dice usted de esa hipótesis?
FAvH: Yo no tengo reprobación moral contra el socialismo. Me he limitado a señalar que los socialistas están equivocados en su manejo de la realidad. Si se tratara de contrastar juicios de valor, un punto de vista divergente al de uno sería por principio respetable. Pero no se puede ser igualmente indulgente con una equivocación tan obvia y tan costosa. Esa masa de información a la que me referí antes, y de la cual el sistema de economía de mercado y de democracia política hace uso en forma automática, ni siquiera existe toda en un momento determinado, sino que está constantemente siendo enriquecida por la diligencia de millones de seres humanos motivados por el estímulo de un premio a su inteligencia y a su esfuerzo. Hace sesenta años Mises demostró definitivamente que en ausencia de una economía de mercado funcional, no puede haber cálculo económico. Por allí se dice a su vez que Oskar Lange refutó a Mises, pero mal puede haberlo hecho ya que nunca ni siquiera lo comprendió. Mises demostró que el cálculo económico es imposible sin la economía de mercado. ¡Lange sustituye “contabilidad” por “cálculo”, y enseguida derriba una puerta abierta demostrando a su vez que la contabilidad, el llevar cuentas, es posible en el socialismo!
CR: Un punto de vista muy extendido consiste en creer que es posible mantener las ventajas de la economía de mercado y a la vez efectuar un grado considerable de planificación que corrija los defectos del capitalismo.
FAvH: Esa es una ilusión sin base ni sentido. El mercado emite señales muy sutiles que los seres humanos detectan bien o mal, según el caso, en un proceso que nadie podrá jamás comprender enteramente. La idea de que un gobierno pueda “corregir” el funcionamiento de un mecanismo que nadie domina, es disparatada. Por otra parte, cuando se admite una vez la bondad del intervencionismo gubernamental en la economía, se crea una situación inestable, donde la tendencia a una intervención cada vez mayor y más destructiva será finalmente incontenible. Claro que no se debe interpretar esto en el sentido que no se deba reglamentar el uso de la propiedad. Por ejemplo, es deseable y necesario legislar para que las industrias no impongan a la sociedad el costo que significa la contaminación ambiental.
CR: En su juventud usted creyó en el socialismo. ¿Cuándo y por qué cambió usted tan radicalmente?
FAvH: La idea de que si usamos nuestra inteligencia nosotros podremos organizar la sociedad mucho mejor, y hasta perfectamente, es muy atractiva para los jóvenes. Pero tan pronto como inicié mis estudios de economía, comencé a dudar de semejante utopía. Justamente entonces, hace exactamente casi sesenta años, Ludwig von Mises publicó en Viena el artículo donde hizo su famosa demostración de que el cálculo económico es imposible en ausencia del complejísimo sistema de guías y señales que sólo puede funcionar en una economía de mercado. Ese artículo me convenció completamente de la insensatez implícita en la ilusión de que una planificación central pueda mejorar en lo más mínimo la sociedad humana. Debo decir que a pesar del poder de convicción de ese artículo de Mises, luego me di cuenta de que sus argumentos eran ellos mismos demasiado racionalistas. Desde entonces he dedicado mucho esfuerzo a plantear la misma tesis de una manera un tanto diferente. Mises nos dice: Los hombres deben tener la inteligencia para racionalmente escoger la economía de mercado y rechazar el socialismo. Pero desde luego no fue ningún raciocinio humano lo que creó la economía de mercado, sino un proceso evolutivo. Y puesto que el hombre no hizo el mercado, no lo puede desentrañar jamás completamente o ni siquiera aproximadamente. Reitero que es un mecanismo al cual todos contribuimos, pero que nadie domina. Mises combinó su creencia en la libertad con el utilitarismo, y sostuvo que se puede y se debe, mediante la inteligencia, demostrar que el sistema de mercado es preferible al socialismo, tanto política como económicamente. Por mi parte creo que lo que está a nuestro alcance es reconocer empíricamente cuál sistema ha sido en la práctica beneficioso para la sociedad humana, y cuál ha sido en la práctica perverso y destructivo.
CR: ¿Por qué usted, un economista, escribió un libro político como El camino hacia la servidumbre (The Road to Serfdom, 1943) una de cuyas consecuencias no podía dejar de ser una controversia perjudicial a sus trabajos sobre economía?
FAvH: Yo había emigrado a Inglaterra varios años antes; y aún antes de que sobreviniera la segunda guerra, me consternaba que mis amigos ingleses “progresistas” estuvieran todos convencidos de que el nazismo era una reacción antisocialista. Yo sabía, por mi experiencia directa del desarrollo del nazismo, que Hitler era él mismo socialista. El asunto me angustió tanto que comencé a dirigir memoranda internos a mis colegas en la London School of Economics para tratar de convencerlos de su equivocación. Esto produjo entre nosotros conversaciones y discusiones de las cuales finalmente surgió el libro. Fue un esfuerzo por persuadir a mis amigos ingleses de que estaban interpretando la política europea en una forma trágicamente desorientada. El libro cumplió su cometido. Suscitó una gran controversia y hasta los socialistas ingleses llegaron a admitir que había riesgos de autoritarismo y de totalitarismo en un sistema de planificación central. Paradójicamente donde el libro fue recibido con mayor hostilidad fue en el supuesto bastión del capitalismo: los Estados Unidos. Allí había en ese entonces una especie de inocencia en relación a las consecuencias del socialismo, y una gran influencia socialista en las políticas del “Nuevo Trato” roosveltiano. A todos los intelectuales estadounidenses, casi sin excepción, el libro apareció como una agresión a sus ideales y a su entusiasmo.
CR: En Los fundamentos de la libertad, que es de 1959, usted afirma lo siguiente de manera terminante: “En Occidente, el socialismo está muerto”. ¿No incurrió usted en un evidente exceso de optimismo?
FAvH: Yo quise decir que está muerto en tanto que poder intelectual; vale decir, el socialismo según su formulación clásica: la nacionalización de los medios de producción, distribución e intercambio. El ánimo socialista, ya mucho antes de 1959 había, en Occidente, buscado otras vías de acción a través del llamado “Estado Bienestar” (Welfare State) cuya esencia es lograr las metas del socialismo, no mediante nacionalizaciones, sino por impuestos a la renta y al capital que transfieran al Estado una porción cada vez mayor del PTB (Producto Total Bruto), con todas las consecuencias que eso acarrea.
CR: Sin embargo, François Miterrand acaba de ser electo presidente de Francia habiendo ofrecido un programa socialista bastante clásico, en cuanto que basado en extensas nacionalizaciones…
FAvH: Pues va a meterse en líos terribles.
CR: Pero eso no refuta el hecho de que su oferta electoral fue socialista, y fue aceptada por un país tan centralmente occidental como Francia, bastante después de que usted extendiera la partida de defunción del socialismo en Occidente.
FAvH: Usted tiene toda la razón. Me arrincona usted y me obliga a responderle que nunca he podido comprender el comportamiento político de los franceses…
CR: Permítame ser abogado del diablo. Se puede argumentar con mucha fuerza que no sólo no está muerto el socialismo en Occidente, sino que tal como lo sostuvo Marx, es el capitalismo el sistema que se ha estado muriendo y que se va a morir sin remedio. Es un hecho que muy poca gente, aún en los países de economía de mercado admirable y floreciente, parecen darse cuenta de que el bienestar y la libertad que disfrutan tiene algo que ver con el sistema capitalista, y a la vez tienden a atribuir todo cuanto identifican como reprobable en sus sociedades, precisamente al capitalismo.
FAvH: Eso es cierto, y es una situación peligrosa. Pero no es tan cierto hoy como lo fue ayer. Hace cuarenta años la situación era infinitamente peor. Todos aquellos a quienes he llamado “diseminadores de ideas de segunda mano”: maestros, periodistas, etc., habían sido desde mucho antes conquistados por el socialismo y estaban todos dedicados a inculcar la ideología socialista a los jóvenes y en general a toda la sociedad, como un catecismo. Parecía ineluctable que en otros veinte años el socialismo abrumaría sin remedio al liberalismo. Pero vea usted que eso no sucedió. Al contrario, quienes por haber vivido largo tiempo podemos comparar, constatamos que mientras los dirigentes políticos siguen empeñados por inercia en proponer alguna forma de socialismo, de asfixia o de abolición de la economía de mercado, los intelectuales de las nuevas generaciones están cuestionando cada vez más vigorosamente el proyecto socialista en todas sus formas. Si esta evolución persiste, como es dable esperar, llegaremos al punto en que los diseminadores de ideas de segunda mano a su vez se conviertan en vehículos del cuestionamiento del socialismo. Es un hecho recurrente en la historia que se produzca un descalco entre la práctica política y la tendencia próxima futura de la opinión pública, en la medida en que ésta está destinada a seguir por el camino que están desbrozando los intelectuales, que será enseguida tomado por los subintelectuales (los diseminadores de ideas de segunda mano) y finalmente por la mayoría de la sociedad. Es así como puede ocurrir lo que hemos visto en Francia: que haya todavía una mayoría electoral para una ideología —el socialismo— que lleva la muerte histórica inscrita en la frente.
CR: Según el marxismo la autodestrucción de la sociedad capitalista ocurrirá inexorablemente por una de dos vías, o por sus efectos combinados y complementados: (1) La asfixia de las nuevas, inmensas fuerzas productivas suscitadas por el capitalismo, por la tendencia a la concentración del capital y a la disminución de los beneficios. (2) La rebelión de los trabajadores, desesperados por su inevitable pauperización hasta el mínimo nivel de subsistencia. Ni una cosa ni la otra han sucedido. En cambio se suele pasar por alto una tercera crítica de Marx a la sociedad liberal, terriblemente ajustada a lo que sí ha venido sucediendo: “La burguesía (leemos en el Manifiesto comunista) no puede existir sin revolucionar constantemente los instrumentos de producción y con ello las relaciones sociales. En contraste, la primera condición de existencia de las anteriores clases dominantes fue la conservación de los viejos modos de producción. Lo que distingue la época burguesa de todas las anteriores, es esa constante revolución de la producción, esa perturbación de todas las condiciones sociales, esa inseguridad y agitación eternas. Todas las relaciones fijas, congeladas, son barridas junto con su secuela de opiniones y prejuicios antiguos y venerables. Todas las opiniones que se forman nuevas, a su vez se hacen anticuadas antes de que puedan consolidarse. Todo cuanto es sólido se disuelve en el aire. Todo lo sagrado es profanado. Y así el hombre se encuentra por fin obligado a enfrentar, con sus sentidos deslastrados, sus verdaderas condiciones de vida, y sus verdaderas relaciones con sus semejantes”. ¿No corresponde en efecto esa descripción a lo que sucede en la sociedad capitalista? ¿Y no es eso suficiente para explicar el desapego de tanta gente a las ventajas de esa sociedad sobre su alternativa socialista?
FAvH: En cierto sentido sí. Lo que usted llama ventajas del sistema capitalista, han sido posibles, allí donde la economía de mercado ha dado sus pruebas, mediante la domesticación de ciertas tendencias o instintos de los seres humanos, adquiridos durante millones de años de evolución biológica y adecuados a un estadio cuando nuestros antepasados no tenían personalidad individual. Fue mediante la adquisición cultural de nuevas reglas de conducta que el hombre pudo hacer la transición desde la microsociedad primitiva a la microsociedad civilizada. En aquella los hombres producían para sí mismos y para su entorno inmediato. En esta producimos no sabemos para quién, y cambiamos nuestro trabajo por bienes y servicios producidos igualmente por desconocidos. De ese modo la productividad de cada cual y por ende la del conjunto de la sociedad ha podido llegar a los niveles asombrosos que están a la vista. Ahora bien, la civilización para funcionar y para evolucionar hasta el estadio de una economía de mercado digna de ese nombre requiere, como antes dije, remoldear al hombre primitivo que fuimos, mediante sistemas legales y sobre todo a través del desarrollo de cánones éticos culturalmente inculcados, sin los cuales las leyes serían por lo demás inoperantes. Es importante señalar que hasta la revolución industrial esto no produjo esa incomprensión, hoy tan generalizada, sobre las ventajas de la economía de mercado; un gran paradoja, en vista que ha sido desde entonces cuando este sistema ha dado sus mejores frutos en forma de bienes y servicios, pero también de libertad política, allí donde ha prevalecido. La explicación es que hasta el siglo XVIII las unidades de producción eran pequeñas. Desde la infancia todo el mundo se familiarizaba con la manera de funcionar de la economía, palpaba eso que llamamos el mercado. Fue a partir de entonces que se desarrollaron las grandes unidades de producción, en las cuales (y en esto Marx vio justo) los hombres se desvinculan de una comprensión directa de los mecanismos y por lo tanto de la ética de la economía de mercado. Esto tal vez no hubiera sido decisivo sino hubiera coincidido con ciertos desarrollos de las ideas que no fueron por cierto causados por la revolución industrial, sino que en su origen la anteceden. Me refiero al racionalismo de Descartes: el postulado de que no debe creerse en nada que no pueda ser demostrado mediante un razonamiento lógico. Esto, que en un principio se refería al conocimiento científico, fue enseguida trasladado a los terrenos de la ética y de la política. Los filósofos comenzaron a predicar que la humanidad no tenía por qué continuar ateniéndose a normas éticas cuyo fundamento racional no pudiese ser demostrado. Hoy, después de dos siglos, estamos dando la pelea —la he dado yo toda mi vida— por demostrar que hay fortísimas razones para pensar que la propiedad privada, la competencia, el comercio (en una palabra, la economía de mercado) son los fundamentos de la civilización y desde luego de la evolución de la sociedad humana hacia la tolerancia, la libertad y el fin de la pobreza. Pero cuando la ética de la economía de mercado fue de pronto cuestionada en el siglo XVIII por Rousseau y luego, con la fuerza que sabemos, por Marx, parecía no haber defensa posible ni manera de objetar la proposición de que era posible crear una “nueva moral” y un “hombre nuevo”, conformes ambos, por lo demás, a la “verdadera” naturaleza humana, supuestamente corrompida por la civilización y más que nunca contradicha por el capitalismo industrial y financiero. Debo decir que para quien persista en estar persuadido por la ilusión rousseaunania-marxista de que está en nuestro poder regresar a nuestra “verdadera” naturaleza con tal de abolir la economía de mercado, la argumentación socialista resultará irresistible. Por fortuna ocurre que va ganando terreno la convicción contraria, por la constatación de que prácticamente todo cuanto estimamos en política y en economía deriva directamente de la economía de mercado, con su capacidad de sortear los problemas y de hallar soluciones (en una forma que no puede ser sustituida por ningún otro sistema) mediante la adaptación de un inmenso número de decisiones individuales a estímulos que no son ni pueden ser objeto de conocimiento y mucho menos de catalogación y coordinación por planificadores. Nos encontramos, pues, en la posición siguiente (y espero que esto responda a su pregunta): (1) La civilización capitalista, con todas sus ventajas, pudo desarrollarse porque existía para ella el piso de un sistema ético y de un conjunto orgánico de creencias que nadie había construido racionalmente y que nadie cuestionaba. (2) El asalto racionalista contra ese fundamento de costumbres, creencias y comportamientos, en coincidencia con la desvinculación de la mayoría de los seres humanos de aquella vivencia de la economía de mercado que era común en la sociedad preindustrial, debilitó casi fatalmente a la civilización capitalista, creando una situación en la cual sólo sus defectos eran percibidos, y no sus beneficios. (3) Puesto que el socialismo ya no es una utopía, sino que ha sido ensayado y están a la vista sus resultados, es ahora posible y necesario intentar rehabilitar la civilización capitalista. No es seguro que este intento sea exitoso. Tal vez no lo será. De lo que si estoy seguro es de que en caso contrario (es decir, si el socialismo continúa extendiéndose) la actual inmensa y creciente población del mundo no podrá mantenerse, puesto que sólo la productividad y la creatividad de la economía de mercado han hecho posible esto que llaman la “explosión demográfica”. Si el socialismo termina por prevalecer, nueve décimos de la población del mundo perecerán de hambre, literalmente.
CR: Algunos de los más eminentes y profundos pensadores liberales, como Popper y Schumpeter, han expresado el temor de que la sociedad liberal, no obstante ser incomparablemente superior al socialismo, sea precaria y tal vez no sólo no esté destinada a extenderse al mundo entero —como se pensó hace un siglo— sino que termine por autodestruirse, aún allí donde ha florecido. Karl Popper señala que el proyecto socialista responde a la nostalgia que todos llevamos dentro, por la sociedad tribal, donde no existía el individuo. Schumpeter sostuvo que la civilización capitalista, por lo mismo que es consustancial con el racionalismo, el libre examen, la crítica constante de todas las cosas, permite, pero además propicia, estimula y hasta premia el asalto ideológico contra sus fundamentos, con el resultado de que finalmente hasta los empresarios dejan de creer en la economía de mercado.
FAvH: En efecto, Joseph Schumpeter fue el primer gran pensador liberal en llegar a la conclusión desoladora de que el desapego por la civilización capitalista, que ella misma crea, terminará por conducir a su extinción y que, en el mejor de los casos, un socialismo de burócratas administradores está inscrito en la evolución de las ideas. Pero no olvidemos que Schumpeter escribió estas cosas (en Capitalismo, socialismo y democracia) hace más de cuarenta años. Ya he dicho que en el clima intelectual de aquel momento, el socialismo parecía irresistible y con ellos la segura destrucción de las bases mínimas de la existencia de la mayoría de la población del mundo. Esto último no lo percibió Schumpeter. Era un liberal, como usted ha dicho, y además un gran economista, pero compartía la ilusión de muchos en nuestra profesión de que la ciencia económica matemática hace posible una planificación tolerablemente eficiente. De modo que, a pesar de estar él mismo persuadido de que la economía de mercado es preferible, suponía soportable la pérdida de eficiencia y de productividad inevitable al ser la economía de mercado donde quiera sustituida por la planificación. Es decir, que no se dio cuenta Schumpeter hasta qué punto la supervivencia de la economía de mercado, por lo menos allí donde existe, es una cuestión de vida o muerte para el mundo entero.
CR: Eso puede ser cierto, y de serlo debería inducir a cada hombre pensante a resistir el avance del socialismo. Pero lo que vemos (y de nuevo me refiero a Schumpeter) es que los intelectuales de Occidente, con excepciones, han dejado de creer que la libertad sea el valor supremo y además la condición óptima de la sociedad. Ni siquiera el ejemplo de lo que invariablemente le sucede a los intelectuales en los países socialistas, los desanima de seguir propugnando el socialismo para sus propios países y para para el mundo.
FAvH: Para el momento cuando Schumpeter hizo su análisis y descripción del comportamiento de los intelectuales en la civilización capitalista, yo estaba tan desesperado y era tan pesimista como él. Pero ya no es cierto que sean pocas las excepciones. Cuando yo era muy joven, sólo algunos ancianos (entre los intelectuales) creían en las virtudes y en las ventajas de la economía libre. En mi madurez, éramos un pequeño grupo, se nos consideraba excéntricos, casi dementes y se nos silenciaba.
Pero hoy, cuarenta años más tarde, nuestras ideas son conocidas, son escuchadas, están siendo debatidas y consideradas cada vez más persuasivas. En los países periféricos los intelectuales que han comprendido la infinita capacidad destructiva del socialismo todavía son pocos y están aislados. Pero en los países que originaron la ideología socialista —Gran Bretaña, Francia, Alemania— hay un vigoroso movimiento intelectual a favor de la economía de mercado como sustento indispensable de los valores supremos del ser humano. Los protagonistas de este renacimiento del pensamiento liberal son hombres jóvenes, y a su vez tienen discípulos receptivos y atentos en sus cátedras universitarias. Debo admitir, sin embargo, que esto ha sucedido cuando el terreno perdido había sido tanto, que el resultado final permanece en duda. Por inercia, los dirigentes políticos en casi todos los casos siguen pensando en términos de la conveniencia, o en todo caso de la inevitabilidad de alguna forma de socialismo y, aún liberales, suponen políticamente no factible desembarazar a sus sociedades de todos los lastres, impedimentos, distorsiones y aberraciones que se han ido acumulando, incorporados a la legislación, pero también a las costumbres de la administración pública, por la influencia de la ideología socialista. Es decir, que el movimiento político persiste en ir en la dirección equivocada; pero ya no el movimiento intelectual. Esto lo digo con conocimiento de causa. Durante años, tras la publicación de El camino de la servidumbre, me sucedía que al dar una conferencia en alguna parte, frente a públicos académicos hostiles, con un fuerte componente de economistas persuadidos de la omnipotencia de nuestra profesión y en la consiguiente superioridad de la planificación sobre la economía de mercado, luego se me acercaba alguien y me decía: quiero que sepa que yo por lo menos estoy de acuerdo con usted. Eso me dio la idea de fundar la Sociedad Mont Pelerin, para que estos hombres aislados y a la defensiva tuvieran un nexo, conocieran que no estaban solos y pudieran periódicamente encontrarse, discutir, intercambiar ideas, diseñar planes de acción. Pues bien, treinta años más tarde parecía que la Sociedad Mont Pelerin ya no era necesaria, tal era la fuerza, el número, la influencia intelectual en las universidades y en los medios de comunicación de los llamados neoliberales. Pero decidimos mantenerla en actividad porque nos dimos cuenta de que la situación en que habíamos estado años antes en Europa, en los Estados Unidos y en el Japón, es la situación en la cual se encuentran hoy quienes defienden la economía de mercado en los países en desarrollo y más bien con mucha desventaja para ellos, puesto que se enfrentan al argumento de que el capitalismo ha impedido o frenado el desarrollo económico, político y social de sus países, cuando lo cierto es que nunca ha sido verdaderamente ensayado.
CR: Una de las maneras más eficaces que han empleado los ideólogos socialistas para desacreditar el pensamiento liberal, es calificarlo de “conservador”. De tal manera que, casi todo el mundo está convencido, de buena fe, de que usted es un conservador, un defensor a ultranza del orden existente, un enemigo de toda innovación y de todo progreso.
FAvH: Estoy tan consciente de eso que dediqué todo el último capítulo de mi libro Los fundamentos de la libertad precisamente a refutar esa falacia. En ese capítulo cito a uno de los más grandes pensadores liberales, Lord Acton, quien escribió: “Reducido fue siempre el número de los auténticos amantes de la libertad. Por eso, para triunfar, frecuentemente debieron aliarse con gente que perseguían objetivos bien distintos a los que ellos propugnaban. Tales asociaciones, siempre peligrosas, a veces han resultado fatales para la causa de la libertad, pues brindaron a sus enemigos argumentos abrumadores”. Así es: los verdaderos conservadores merecen el descrédito en que se encuentran, puesto que su característica esencial es que aman la autoridad y temen y resisten el cambio. Los liberales amamos la libertad y sabemos que implica cambios constantes, a la vez que confiamos en que los cambios que ocurran mediante el ejercicio de la libertad serán los que más convengan o los que menos daño hagan a la sociedad.

Tomado de: http://www.elcato.org/capitalismo-y-socialismo-entrevista-friedrich-august-von-hayek


jueves, 10 de mayo de 2012

Los amigos de los Kirchner


En este artículo Xavier Sala-i-Martín comenta la re-estatización de YPF en Argentina. Lo más interesante de este artículo es el relato de cómo los Eskenazi, gracias a su estrecha relación con los Kirchner, llegaron a ser dueños de 25% de Repsol. Aquí un extracto del artículo:
“En 2007, y ya con Antoni Brufau al frente de la petrolera, el presidente Néstor Kirchner pidió a REPSOL que un grupo argentino entrara a formar parte de la compañía. Se trataba del grupo Petersen de la familia de Enrique Eskenazi. La familia Eskenazi era una familia de la alta burguesía de Santa Cruz, región que había sido presidida (oh! casualidad!) por Néstor Kirchner, antes de ser presidente de Argentina. De hecho, Enrique Eskenazi era amigo íntimo de don Néstor. Es decir, el presidente Kirchner obligó en 2007 a REPSOL a aceptar un socio argentino que, casualmente, era un amigo íntimo de toda la vida. Antoni Brufau aceptó porque sabía que siempre es bueno tener inversores locales con conexiones políticas. Es bueno que los insiders te señales la existencia de luces ámbar antes de que se vuelvan rojas. Por esto aceptó que la familia Eskenazi tenga primero el 15% y luego el 25% de la compañía.
Pero había un pequeño problema: los Eskenazi eran los ricos del pueblo en Santa Cruz, pero una cosa es que tus niños se paseen por el pueblo en lujosos horteras Ferraris rojos o que chuleen por las discotecas de moda de la zona y otra cosa muy distinta es comprar el 25% de una compañía que vale decenas de miles de millones de dólares. Los Eskenazi no eran tan ricos!
¿Cómo consigue la familia amiga de Kirchner comprar el 25% de REPSOL-YPF? Pues obligando a YPF a PRESTARLE EL DINERO! Repito, Néstor Kirchner obliga a REPSOL a prestar el dinero a una familia amiga para que ésta compre el 25% de REPSOL. ¿Y cómo va a pagar esa familia semejante millonaria cantidad? Pues con los dividendos de la propia REPSOL. Es decir, REPSOL, el gobierno de Kirchner y el grupo Petersen de la familia Eskenazi firman un contrato (depositado en la Security Exchange Comission de New York) que obliga a REPSOL a dar el 25% de su capital a la familia Eskenazi y ésta se compromete a pagar de vuelta con los dividendos de REPSOL. Para garantizar que REPSOL pueda cobrar ese “crédito” (o quizá deberíamos calificarlo de extorsión), se obliga a REPSOL distribuir en forma de dividendos el 90% de sus beneficios.
Es decir, cuando la señora de Kirchner acusa a REPSOL de no destinar una mayor parte de sus beneficios a inversiones y prospecciones petrolífera, no explica que su marido (repito, SU MARIDO) había obligado a REPSOL a utilizar el 90% de los beneficios a pagar dividendos para que sus amigos (repito, SUS AMIGOS) se apropiaran del 25% de REPSOL cuando no tenían ni un dólar para comprar semejante cantidad de acciones(*).
Pero la cosa no acaba aquí. El señor Enrique Eskenazi coloca a sus hijos en la compañía (en particular, coloca a su hijo Sebastián como vicepresidente) y en lugar de actuar como el socio local que juega el importante papel de alertar de las luces ámbar antes de que aparezcan las luces rojas, se comporta como un auténtico mafioso incompetente que hace poco para defender los intereses de la compañía que dirige.
Poco a poco, REPSOL ve que se ha metido en un buen lío y que los socios locales juegan más a favor de los políticos que les han colocado en el cargo que a favor de la compañía a la que representan y pronto aparecen rumores de nacionalización. Son los últimos días de 2011 y REPSOL ha descubierto los potencialmente millonarios yacimientos de Vaca Muerta. El resto de la historia ya es conocida. Cristina Fernández de Kirchner, teledirigida por el economista Axel Kicillof(**), académico marxista, mentor de la época de Cámpora (asociación creada por Néstor Kirchner) y amigo íntimo del hijo de la presidenta, Máximo Kirchner Fernández, anuncia la expropiación del 51% de REPSOL-YPF. “Curiosamente” el 51% de las acciones expropiadas provienen del 57% que es propiedad de los socios españoles. Exactamente el 0% proviene del 25% que tienen los socios argentinos, amigos del papá Kirchner, la familia Eskenazi (y también se expropia el 0% del fondo de inversión norteamericano propietario del 17%… y recordad que eso pasa tres días después de que la señora Cristina se reuniera con Obama para “negociar” el tema)”.
Nada más y nada menos que el típico ejemplo del mercantilismo que todavía impera en varios países de América Latina, sistema en el cual se hacen fortunas gracias a favores concedidos por amigos que llegaron al poder.

martes, 8 de mayo de 2012

Benditas luchas y malditos mercados


En un mensaje de apoyo a la última huelga general, transmitido desde mi Buenos Aires querido, dijo Joaquín Sabina: “Esta huelga me parece no sólo legítima sino también absolutamente necesaria porque no sé qué carajo está pasando en Europa, pero conquistas que han costado un siglo de sangre, de lágrimas, de sudor y de trabajo están a punto de desaparecer en manos de estos malditos del libre mercado y de los ajustes”. Su compañero de gira, Joan Manuel Serrat, también se adhirió, y sostuvo que lo hacía para defender “derechos” y “libertades” que han “costado a esta sociedad muchos años de lucha, muchos años de sangre, muchos años de combate”.
Sin embargo, el aumento del gasto público, que es lo que ahora está en cuestión, no fue producto de ninguna “lucha” de nadie: fue impuesto por el poder político en razón de su propia lógica y conveniencia. Si no fuera así, Sabina y Serrat tendrían muchos problemas a la hora de explicar por qué el Estado del Bienestar fue creado por el canciller Bismark, y la Seguridad Social (y, por cierto, el zapateril y progresista Ministerio de la Vivienda) por Francisco Franco. ¿Qué clase de luchadores por la libertad fueron semejantes mandatarios? El llamado mercado de trabajo español con sus onerosos costes de despido es producto de la dictadura franquista, y no de ningún combate de ningún progresista.

Dirá usted: la democracia es otra cosa. Y yo pregunto: ¿de verdad? ¿De verdad el llamado Estado del Bienestar con todos sus “derechos” y “libertades” fue producto de “muchos años de sangre”? Oiga, si primero lo impuso Franco y después nos lo impusieron aún más unos señores en un parlamento, que jamás hicieron caso a lo que la mayoría de los ciudadanos sistemáticamente prefirieron siempre y siguen prefiriendo hoy, a saber, no pagarlo.
En suma, ni benditas luchas, ni combates, ni nada de nada. Puras decisiones políticas contrarias siempre, con democracia y sin ella, a los deseos de los ciudadanos, supuestos luchadores o beneficiarios de luchadores.
Vayamos ahora a eso de que padecemos por culpa de los “malditos del libre mercado”, que dice Sabina. El mercado libre no tuvo nada que ver con la enorme subida del gasto público, ni tiene nada que ver con su (siempre comparativamente pequeña, por cierto) contención. Como es obvio, el mercado libre descansa sobre las decisiones voluntarias de los ciudadanos, mientras que el aumento del gasto público es una imposición de las autoridades y los grupos de presión que a su socaire medran. Si los políticos frenan el aumento del gasto público, eso no tiene nada que ver con el mercado libre. Simplemente responde al hecho de que el poder puede violar la libertad del pueblo pero no puede hacer cualquier cosa, por ejemplo, no puede tener un déficit de dos dígitos o una deuda explosiva y después pretender que la gente le siga prestando voluntariamente el dinero sin titubear y sin reclamarle un tipo de interés mayor. En lugar de maldecir a los mercados, los artistas podrían maldecir al poder. Nunca se sabe. Igual algún día lo hacen.
Este post fue publicado originalmente en Libremercado.com el 22 de abril de 2012.

lunes, 7 de mayo de 2012

El alto costo de los presidentes-payasos


por Carlos Alberto Montaner
Carlos Alberto Montaner es periodista cubano residenciado en Madrid.
¿Cuánto cuestan los presidentes-payasos? Primero, ¿qué es un presidente-payaso? Se trata de esos tipos que tienen una idea circense de la función pública. Creen que han sido elegidos para entretener, no para servir y cumplir con las leyes. Hablan nueve horas, cantan, insultan, dicen barbaridades.
Fidel, por ejemplo, cuando actuaba en la pista mayor del gran circo habanero, acusó a EE.UU. de desviar los huracanes hacia la Isla. Muchos años más tarde, su discípuloHugo Chávez aseguró que el terremoto que destruyó medio Haití fue un arma secreta probada por el Pentágono en el Caribe. Todo vale para salir en los papeles y para generar noticias.
Uno de los rasgos más notorios de los presidentes-payasos es su candorosa irresponsabilidad. No advierten, o no les importa, el daño que les hacen a sus países. Viven tan pendientes del aplauso y del titular de primera plana, que son incapaces de calcular o prever el costo de sus acciones. Incluso, sucede algo más grave: sus compatriotas suelen reírles las gracias sin percatarse de las adversas consecuencias económicas generales que acarrea tener como rostro visible de la sociedad a un presidente-payaso.
Un caso reciente es el del presidente ecuatoriano Rafael Correa. Correa acaba de armar un espectáculo absolutamente mediático con su demanda triunfal de cuarenta millones de dólares contra un respetado diario, El Universo de Guayaquil, que acabará confiscado o clausurado por una crítica columna de opinión publicada por Emilio Palacio.
Los propietarios del diario, además, como el autor del artículo, fueron condenados a tres años de cárcel y tuvieron que exiliarse antes de acabar tras las rejas. Durante las semanas que duró el sainete, Correa mantuvo en vilo al país y a la prensa internacional, generando una enorme cantidad de información, culminada en una manifestación muy fotogénica encabezada por él el día de la sentencia, con velas incluidas.
¿Qué fue lo que trascendió de este lamentable show? Muy sencillo: que Ecuador es un país poco fiable en el que no vale la pena invertir. Es una sociedad amable, desgraciadamente administrada por un gobierno poco serio. Se trata de una nación “bananera”, de acuerdo con el editorial del Washington Post, en la que “tras cuatro cambios de jueces, un magistrado temporal asume el caso, ordena una vista, y 33 horas después emite una resolución de 156 páginas, probablemente escrita por un abogado de Correa”.
A los dos días de la trágica payasada contra El Universo, un panel especial administrado por la Corte Internacional de Arbitraje de La Haya, emitió un laudo provisional a favor de Chevron, a reserva de un fallo posterior, para detener una sentencia ecuatoriana que condenaba a la empresa petrolera a pagar miles de millones de dólares como compensación por un discutido daño ecológico infligido al país hace varias décadas por otra compañía.
Chevron, según su testimonio, descubrió pruebas de fraude, corrupción y, como en el caso de El Universo, que la sentencia había sido escrita por los demandantes y no por el juez encargado de dictarla. El sistema judicial ecuatoriano, presumiblemente, estaba podrido y funcionaba como un brazo de los deseos y caprichos de la presidencia de la República y como una fuente de enriquecimiento ilícito dentro de las alcantarillas del poder.
Todo eso es carísimo. En los tiempos de la globalización y de la información instantánea, los presidentes están obligados a cuidar la marca-país con el mismo celo con que los empresarios tratan de proteger el prestigio de las compañías que dirigen y los productos que manufacturan.
Los países y las ciudades proyectan ciertas imágenes muy importantes para la toma de decisiones. Existe un baremo internacional (The Anholt-GfK Roper Nation Brands Index) que mide y contrasta la calidad de la imagen de las naciones y, lógicamente, Ecuador aparece por los suelos. Por eso los capitales se refugian en Zurich y huyen de Quito.
Ello significa que cuando Rafael Correa gana 40 millones de dólares por medio de detestables trucos legales —aunque luego los asigne a una causa caritativa—, no sólo arruina a una familia y a centenares de trabajadores de El Universo, sino, además, perjudica a todos sus compatriotas. Con esos escándalos, los ecuatorianos pierden miles de millones en inversiones que nunca se van a hacer, o en negocios que no se llevarán a cabo, porque nada hay más importante que la seguridad jurídica para cualquier inversionista serio del planeta, y en Ecuador no hay siquiera vestigios de ese fundamental clima institucional.
Los payasos, sin duda, son criaturas adorables, pero es muy conveniente mantenerlos alejados de la política. Cuestan demasiado.

Ecuador: ¿Fascismo del siglo XXI?


por Gabriela Calderón
Gabriela Calderón es editora de ElCato.org, investigadora del Cato Institute y columnista de El Universo (Ecuador).
Guayaquil, Ecuador—Los regímenes autoritarios necesitan tener en su bolsillo a los militares y el Ecuador socialista del siglo XXI no es la excepción. Durante el primer año del gobierno de Rafael Correa ya hemos visto suficiente coqueteo entre el Presidente y las Fuerzas Armadas Ecuatorianas (FF.AA.) para concluir que lo que se busca es tenerlas de aliadas.
Desde octubre del presente año una politización acentuada de las FF.AA. se volvió obvia cuando el comandante de la marina Vicente Arellano declaraba que las FF.AA. comprendían el cambio que vive el país con el gobierno de Correa y que lo respaldarían.1No debería sorprender que a penas dos meses después el Presidente premió a la marina con Petroecuador, movida similar a la del caudillo del Orinoco que le entregó PDVSA a los militares de su país. Asumo que el Presidente o no sabe o no le importa que los marinos no estén preparados para administrar el negocio petrolero, al igual que unos geólogos e ingenieros petroleros no están preparados para pilotear destructores y submarinos.2
Con la compra de esos aliados el actual gobierno también entrega más poder a individuos que por la naturaleza de su misión—garantizar la seguridad nacional—no tienen formación democrática.
“Vuestro deber como miembros de las Fuerzas Armadas es aportar al desarrollo comunitario, a la minga del civismo, a la ética de la palabra y del pensamiento, a proteger a la madre tierra, sin devoción por la Pacha Mama no hay futuro”, afirmó Correa, en un discurso en julio de este año.3 Esta cita demuestra una concepción del deber de las FF.AA. mucho más amplia de la que se contempla en la Constitución de 1998—la cual todavía estaba vigente hasta el 29 de noviembre de 2007.
Según ese documento: “Las Fuerzas Armadas tendrán como misión fundamental la conservación de la soberanía nacional, la defensa de la integridad e independencia del Estado y la garantía de su ordenamiento jurídico”.4
Aunque los regímenes militares se acabaron en 1979 cuando el Ecuador volvió a ser una democracia, las FF.AA. han conservado un poder económico y político poco común y recomendable en una república democrática.
La constitución de 1967 creó el marco institucional que permitió que las FF.AA. sean propietarias y administradoras de tantas industrias propias del sector privado—en una cantidad no vista en otro país del hemisferio. Esto, mientras que es sorprendente para los extranjeros, es ignorado por la gran mayoría de los ecuatorianos.5 Para que tenga una idea de lo que estoy hablando en Ecuador los militares son dueños de una aerolínea (TAME), una flota petrolera (FLOPEC), una empresa de acero (ANDEC), una bananera (DINEAGRO), una constructora de viviendas (DINMOB), una empresa de seguridad privada (SEPRIV), entre muchos otros negocios. Algunas de estas empresas compiten en el mercado bajo condiciones privilegiadas.
Las FF.AA. ya violaron lo que era su mandato constitucional bajo la Constitución de 1998 al no garantizar “el ordenamiento jurídico”. Sin ellos, la destrucción del Estado de Derecho y el establecimiento de un régimen autoritario en Ecuador este año no hubiera sido posible pues han tomado parte, ahora, han declarado su respaldo a las decisiones de la Asamblea Constituyente con poderes dictatoriales.6
El Socialismo del Siglo XXI, como lo hemos visto hasta ahora en Bolivia, Ecuador y Venezuela, requiere ser militarista para imponer su proyecto político, que al igual que el fascismo implica estatismo ilimitado. La insaciable concentración de poder coincide con el pensamiento de Mussolini: “Todo en el estado, nada fuera del estado, nada en contra del estado”.
Este artículo fue publicado originalmente en El Universo (Ecuador)el 17 de diciembre de 2007.
Referencias:
1. “Fuerzas armadas expresan respaldo a proceso de cambio que lidera Correa”. El Universo. 11 de octubre de 2007. Disponible en:http://www.eluniverso.com/2007/10/11/0001/8/4DAB4ED587A247BBB7D82588E7173234.aspx
2. Coronel, Gustavo. “Correa puts the military in charge of Petroecuador”. Energy Publisher. 6 de diciembre. Disponible en: http://www.energypublisher.com/article.asp?id=12804
3. “Mandatario recordó a las Fuerzas Armadas cuál es su papel en el país”. El Universo. 6 de julio de 2007. Disponible en:http://www.eluniverso.com/2007/07/06/0001/8/3EE9D2C9B1524A92879983B21D19D80E.aspx
4. Constitución de la Reública del Ecuador de 1998. Disponible en:http://pdba.georgetown.edu/Constitutions/Ecuador/ecuador98.html
5. Selmeski, Brian R. “Democracy, Economic Development and the Ecuadorian Armed Forces: Blurred lines between defense, civil action and institutional enrichment”. Estudio presentado en el Primer Encuentro de LASA sobre Estudios Ecuatorianos en Quito entre el 18 y 20 de julio de 2002. Disponible en:http://www.cda.forces.gc.ca/bolivia/engraph/publications/research/supporting/doc/selmeski_ee_paper.pdf
6. “FF.AA. respaldarán la Constituyente”. El Comercio. Disponible en:http://www.elcomercio.com/noticiaEC.asp?id_seccion=4&id_noticia=152554

Los dictadores que diezmaron África

Los primeros meses del 2011 complicaron notablemente la vida de dictadores africanos que, en otro tiempo, gobernaron con mano de hierro un continente que muere de hambre y otras plagas. Muchos, dominados por el hambre de poder, cometieron atrocidades, llevaron a la bancarrota las arcas de sus naciones y hasta practicaron el canibalismo. 

La mayoría perdió sus reinos por un puñado de diamantes. Otros siguen vigentes, como Muamar Kadafi, atornillado a su imaginario trono. 

El primero en caer fue el presidente Zinedine Ben Ali, de Túnez. Las revueltas que acabaron con su dictadura de 23 años destaparon que el presidente despilfarró fortunas inmensas en un estilo de vida de lujos y placeres. Su esposa compraba en las grandes tiendas de Paris y veraneaba en la Costa Azul. Su familia es acusada en Túnez de estar implicada con mafias criminales e incluso haberse llevado 1.5 toneladas de oro, según el diario Le Monde, cuando partió al exilio rumbo a Riad. 

Idi Amin (Uganda) Bautizado “el Calígula del África”, Idi Amin es recordado como uno de los dictadores más sanguinarios de la historia moderna. Durante los ocho años que gobernó, ordenó asesinatos en masa y encarceló a los opositores, diezmó a las tribus hostiles e instauró pelotones de ejecución. Se atribuye a su régimen de 100.000 a 300.000 muertos. 

Para el presidente de Tanzania, quien le consideraba una vergüenza para el continente, Amín era “un asesino, un mentiroso y un salvaje”. Se dice que practicaba el canibalismo con algunos de los disidentes a su régimen, o directamente los arrojaba como bocado a sus cocodrilos. También prohibió la entrada a asiáticos en el país, después de recibir la negación de una oriental para casarse con él. 

Se ganó la reputación de ser humano peligroso, imprevisible, megalómano, vengativo y violento. “Señor de las Bestias de la Tierra y los Peces del Mar, Conquistador del Imperio Británico, Mariscal de campo, Doctor, Rey de Escocia y Presidente vitalicio” fueron algunos de los títulos que se autoconcedió. También solía escribir cartas de una impertinencia demencial a la reina de Inglaterra, confesándole amor eterno: “Liz, deberías venir a Uganda si quieres conocer a un hombre de verdad”. 

Jean Bedel Bokassa (República Centroafricana) 

Bokassa llegó a ser otro de los tiranos más sanguinarios que conoció el Africa contemporánea. Megalómano y caníbal, pasó de ser presidente vitalicio a emperador en 1977. Apoyado por Francia se gastó la tercera parte de las divisas del país en la coronación, en la que sirvió carne humana. A la ceremonia, que remedaba torpemente la de Napoleón, Bokassa llegó vestido con una túnica de terciopelo gris constelada de perlas y con la frente ceñida por laureles de oro. 

El déspota trató de crear un harén, buscando por lo menos una mujer hermosa de cada estado del planeta, y se mostraba decepcionado por no poder "adquirir" una de la Unión Soviética. También le gustaba comerse a sus esposas y opositores, y cuando se cansó de aquellos empezó a matar a personas de diferentes profesiones. Se jactó de haberse comido al único matemático del país. 

Acusado del asesinato de un centenar de escolares que se rebelaron contra su decisión de que usaran un ridículo uniforme que él mismo había diseñado, fue derrocado en 1979 y condenado a muerte, aunque nunca se cumplió la sentencia. En los últimos años de su vida, consciente de que era enormemente popular, aspiró fervientemente a recuperar el gobierno, pero nunca lo logró. 

Teodoro Obiang Nguema (Guinea Ecuatorial) 

Obiang Nguema gobierna despóticamente su país desde que depuso y ejecutó a su tío, el presidente Francisco Macías, en un golpe sangriento. Fue descrito como un caníbal, y al parecer se come las partes nobles de los disidentes para obtener "poder". Un experto en asuntos africanos lo calificó no sólo de “el peor dictador de África”, sino de “un hombre cuya vida parece una parodia del género dictatorial”. 

Cuando se descubrió petróleo en su país, unos US$ 700 millones fueron transferidos a cuentas secretas bajo el control personal de Obiang. Según un informe publicado el año pasado, Nguema -que visitó Argentina en 2008), quien nunca dudaba en alabar públicamente a Hitler- forma parte de uno de los peores dictadores del Planeta.
Gnassingbe Eyadema (Togo) 

Creía que el era una especie de superhéroe, por lo que mandó publicar un libro de historietas protagonizada por él mismo. Todas las tiendas en Togo tenía su foto, y vendían relojes con su imagen en US$ 20. El día de su fallido intento de asesinato fue llamado "la fiesta de la victoria sobre las fuerzas del mal". Llegó a rodearse de más de 1.000 mujeres hermosas destinadas a cantar sus hazañas. Murió en 2005, y fue reemplazado por su hijo.

Robert Mugabe (Zimbabue)
 

El premio Nobel de la Paz Desmond Tutu, dijo hace un tiempo que Mugabe -presidente desde 1980- se está convirtiendo en la caricatura del dictador africano. Mugabe es criticado por su incongruencia y falta de sensibilidad al mantener al país sumido en una crisis social, mientras gasta los recursos del país en placeres personales. 

Su excentricidad llegó a su nivel máximo en 2009, cuando en medio de una severa crisis social, económica y sanitaria, celebró su cumpleaños 85 junto con miles de invitados a una fiesta histórica. Se estima que el menú del festejo tuvo un costo de más de US$ 250.000 e incluyó unas 2 mil botellas de champagne, 8 mil langostas, 100 kilos de gambas, 4 mil porciones de caviar, 3 mil patos, 16 mil huevos, 3 mil tartas de chocolate y vainilla y 8 mil cajas de chocolates.
Omar Bongo (Gabón) 

Apodado “el dinosaurio de los dictadores”, llegó a ser el jefe de Estado con más tiempo en el poder hasta su muerte en 2009. El petróleo, el oro, el magnesio y la madera llenaron sus arcas, y se jactaba de su vigorosidad sexual: "Mis aventuras sexuales son un signo positivo de vigor y de forma física", señalaba el presidente en alusión a los rumores que le atribuía decenas y decenas de hijos sin apellido repartidos por todo el continente. 

Su fortuna se hizo enorme. Poseía 39 propiedades inmobiliarias en Francia, entre ellos un lujoso palacio en París valorado en US$ 19 millones. Poseía además 70 cuentas bancarias estimadas en US$ 130 millones en sus cuentas personales del Citibank de Nueva York, recuerda la revista The Economist. Nueve de esos millones los destinó una vez a su intermediario norteamericano, Jack Abramoff, para conseguirle una entrevista con George Bush en la Casa Blanca.
Paul Biya (Camerún) 

Biya gobierna la República de Camerún desde que sospechosamente ganó las elecciones en 1983: fue el único candidato y obtuvo -como era de esperarse- el 99% de los votos. Dueño de una fortuna personal de más de US$ 200 millones, Biya logró someter a la oposición hasta hacerla desaparecer del mapa, y, manipulando las leyes a su antojo, modificó dos veces el límite fijado para su mandato para asegurar su permanencia en el gobierno. La asociación Amnistía Internacional detalla que en su régimen abundan las detenciones y ejecuciones a opositores y periodistas y la revista Foering Policy lo coloca entre los dictadores más crueles de la actualidad.

Hosni Mubarak (Egipto)
 

Hosni Mubarak dimitió tras 18 días de presión popular, la esposa del ex mandatario, Suzanne Mubarak , tiene una considerable fortuna amasada durante 30 años de poder estimada en 70.000 millones de euros. Su esposa, Suzanne, amante de las joyas y los collares, se ganó el apodo de "María Antonieta" por su ambición a vivir como una reina. 

Omnipresente en las vidas de los egipcios, Mubarak y familia se comportaban con una soberbia y arrogancia increíbles, y no dudaban en desalojar a golpes y disparos una calles de El Cairo para que pasara, por ejemplo, una caravana de coches repletos de invitadas de Suzanne Mubarak, o parientes y miembros de las familias de grandes multimillonarios que formaban la casta de los poderosos en Egipto. Como informaba Diario Perfil en febrero, el clan Mubarak poseía cuentas bancarias en el exterior y suntuosas residencias en las zonas más lujosas de Londres, Nueva York, Los Angeles, París, Madrid y Dubai.
Muammar Kadafi (Libia) 

Entre sus "genialidades" políticas -además de su Libro Verde- el gobernante libio pretendió establecer alianzas que le pusieran al frente de unos Estados Unidos del Sáhara, o efímeras fusiones con Egipto, Túnez, Argelia o Marruecos. Hace un tiempo se develó su increíble plan para conseguir el apoyo de reyes y presidentes africanos y autoproclamarse “Emperador y Rey de reyes del África”.

Cuenta con guardaespaldas femeninas que deben ser vírgenes y su extravagancia lo lleva a culpar a Osama bin Laden y los medicamentos de la rebelión que sufre su país. Una vez llegó a afirmar a los libios que conquistó los EE.UU y que Israel fue responsable del asesinato de John F. Kennedy. En venganza por la colonización de Libia durante la Segunda Guerra Mundial, también prohibió a los italianos entrar en su país. También detesta a los suizos, y escribió una resolución a la ONU en el que pedía que ese país fuese disuelto.

Por Darío Silva D'Andrea, publicado originalmente en 
El Independent, 24 de agosto de 2011.